Objeto, Función y Vestimenta

Susana Saulquin. XV eme Congres International d´ Esthétique, en 2001, au Japon Objet, Fonction et Vetement

ABSTRACT

Le rapport qui s´établie parmi les gens et les objets est reglé par les besoins de chaque société dans ses différentes époques. Il est fondamental la valeur de signe de ce rapport, valeur de “prestation sociale”(Baudrillard. 1974).
Des l´époque victorienne jusqu´a l´ere du design, telle prestation, symbolique, se fondait pour l´essentiel sur la possession de l´objet.
Quand l ´ethique puritaine du travail du racine moderne perd vigueur, la logique hédoniste du narcissisme post commence a prévaloir.
Les objects se multiplient en regard a ses fonctions et finissent a prendre a sa charge le circuit communicatif productif. Le sujet social se laisse emporter par les plaisirs de la consommation de l´oisiveté comme nouveau luxe.
Si maintenant alors nous prenons le vetement pas comme un objet privilégié d´haute couture (caratere moderne) et pas non plus comme un autre objet dans le contexte qui l´entoure, nous irons proposer una hypothese laquelle laisse aprecevoir le remarquablement vite progres technologique dans sa face positive d´ atteinte humanistique.
Nous comprenons a présent que le “vetement intelligent” assume des multiples fonctions inhérentes a la corporalité, c´ est a dire, a la basse matérielle et spirituelle de l ´homme en sa propre racine (Merleau Ponty).
Loin de le laisser libéré a ses plaisirs individualistes, il peut alors l´accompagner et l ´alléger de ses multiples fonctions corporelles et sociales.
Conséquemment on est a la faveur d ´un vetement intelligent pour un homme qui peut sentir et penser qui est capable d ´humaniser le dialogue avec la machine dans l ´ere de la cybernétique.

Relación sujeto-objeto en la modernidad

La peculiar relación que se entabla entre las personas y los objetos, está regulada por las necesidades que cada sociedad tiene en sus diferentes períodos. Estas necesidades son aquellas que legitimadas por la ideología del momento, se proyectan en el imaginario colectivo como fundamentales para la supervivencia social. Cada etapa histórica resignifica el valor de esa relación, asignándole un tipo especial de “prestación social”(Baudrillard, 1974).
Así por ejemplo al comienzo de la modernidad y en el marco de la finalización de la revolución industrial, la mirada cultural se dirigía del hombre al objeto, que transformado en mercancía, se reproducía de manera incansable y obsesiva. Toda la organización de la sociedad industrial y su razón de ser, descansaba en esa obsesión por la producción, legitimada por la idea del progreso indefinido que permitiría alcanzar el necesario bienestar que se transformaría en el medio para alcanzar la felicidad. De allí que desde la época victoriana hasta la era del “design” la importancia del objeto adquirió tal magnitud, que la “prestación social” de la relación sujeto-objeto se basaba principalmente en la idea de su posesión.
Esa supervivencia y razón de existir de la sociedad moderna e industrial, descansaba en la posibilidad de multiplicación de los objetos que respondían a la ecuación: modelo – serie. En un contexto social de migraciones transoceánicas, el imaginario colectivo sostenía la importancia de la ética del trabajo que se sustentaba en la moral burguesa. A mayor trabajo mayor posesión de objetos, ya que el orden de la pequeña burguesía estaba organizado por la superposición de cantidades de objetos. Aunque anecdótico, resulta revelador la correlación directa entre la mayor importancia de los objetos, con la aparición a fines del siglo XIX en las casas de los estuches y las vitrinas para poder guardarlos
Desde 1860 hasta 1960, se abandonó la idea de “ser” propia de la moral aristocrática de la etapa pre – industrial, para abrazar la idea de “tener” que resultaba coherente para la moral burguesa. En este marco y como consecuencia de la ética puritana del trabajo que legitimaba la ideología burguesa, el hombre – productor que debía ser funcional para el sistema, sólo le exige al objeto la prestación social que lo afirme en el lugar que ocupa o que aspira a ocupar en la sociedad. Los objetos en cambio, podían ser en la sociedad industrial y siempre como consecuencia de esa ética burguesa, ociosos, es decir no ser funcionales.
Entre los objetos que rodean al hombre, se encuentra el vestimentario que participa con el usuario que lo utiliza y el contexto, de las mismas características y propiedades que los restantes objetos. Por lo tanto resulta natural que durante la sociedad industrial las formas de vestir se organicen en torno a la lógica de la moda, que se convierte en el emblema de la modernidad. Ocurre que la sociedad necesitaba que durante esa etapa llamada por Gilles Lipovetsky (1990): Centenaria y por Margarita Riviere (1977): Burguesa, la moda ya organizada en sistema, presentara una organización bipolar con partes interdependientes que incluían la alta costura y la confección seriada tributaria de aquella.
Como la índole del valor de la prestación social en la relación sujeto – objeto, varía según las necesidades de los grupos político - económicos que detentan el poder en cada momento histórico, la burguesía al ejercer el poder en plena vigencia de la sociedad industrial, va a asignar al sistema de la moda la posibilidad de regular las relaciones sociales, apropiándose de la lógica de la distinción. A partir de entonces, con la aparición de la alta costura en 1857, se diseña una estética de la elegancia con armonía de formas , colores y texturas que va a continuar hasta 1960.
A semejanza de lo que ocurría con los demás objetos, durante esa etapa centenaria al vestido se le pedía como única función, indicar la posición social de su poseedor. Lo importante era “tener” un vestido de alta costura para indicar la “pertenencia” a determinado grupo social. Luego a partir de ese modelo único y trascendente de alta costura, se derivaban las copias simplificadas de la serie industrial para vestir a los nuevos actores sociales: el proletariado industrial.
El objeto vestimentario como los restantes objetos que rodeaban al hombre durante la modernidad, tenían potenciada su dimensión estética, porque su función más importante era ser otorgador de prestigio e indicar la categoría social de su poseedor. En tal sentido también podían los objetos darse el lujo de ser inútiles y ociosos, ya que la única funcionalidad que la sociedad le exigía, era ser coherente con el sistema de la moda.

Relación sujeto-objeto en la posmodernidad

A partir de 1960 con la importancia creciente de la influencia de los nuevos grupos juveniles que irrumpen en el mercado consumidor, la relación sujeto – objeto se modifica y se adapta al nuevo orden social. Con el comienzo de la posmodernidad se produce una excesiva inestabilidad en los comportamientos provocada, entre otras causas, por la fragmentación del poder entre grupos hasta ese momento minoritarios. La importancia creciente de la juventud y la consolidación de un sistema de vida netamente urbano, la incipiente posición de poder de la mujer con la irrupción del feminismo y la llamada revolución sexual provocada por la aparición de las píldoras anticonceptivas, entre otras múltiples causas, van a provocar cambios en la organización normativa y el surgimiento de una nueva jerarquía de valores.
Los jóvenes van a conformar un nuevo grupo de presión, que dinamiza el sistema social reordenándolo bajo otros parámetros. Por ejemplo las categorías sexuales femenina y masculina resignan su lugar de privilegio, al surgir lo joven y lo viejo como variables fundamentales en el momento de construir identidades. Como una de sus consecuencias más visibles, el sistema de la moda hasta ese momento cerrado y autorregulado, se abre para permitir el intercambio con otras formas integradoras de la imagen. Ocurre que ya el vestido, que hasta ese momento tenía la función primordial de señalar el lugar que se ocupaba en la escala social, resultaba insuficiente como comunicador y organizador de las relaciones sociales. Más importante que comunicar al otro el significado de tener un buen vestido, va a resultar la importancia de comunicar estilos de vida cambiantes y efímeros.
En el marco de una cultura que masificaba a las personas y homogeneizaba a los objetos, la posibilidad de armar estilos de vida alternativos y cambiantes resultaba bastante simplificado. Con cantidades de objetos seriados y por lo tanto débiles desde el punto de vista estructural, no resultaba difícil para las personas multiplicar sus consumos y convertirse en meros reflejos de estilos cambiantes y atractivos, diseñados principalmente por las publicidades y el marketing. Es entonces cuando la moda llega a su máximo poder, ya que el vestido debía ser sólo visualizado como “de moda” y mostrar una cantidad de transformaciones formales - estéticas que resultaban parasitarias y no esenciales, es decir no estaban en condiciones de comunicar la personalidad de su poseedor. Sólo debían mostrar la capacidad de cambio acelerado y continuo de diferentes estilos de vida o sea se instalaba el predominio de la imagen por sobre la materialidad de los objetos.
A partir de la década del 80´ para poder atrapar la atención de personas muy masificadas y cambiantes, los objetos comienzan a multiplicar sus funciones valiéndose de la lógica del “Design” y adoptan como estrategia la funcionalidad. Es entonces cuando la relación sujeto – objeto se ordena bajo nuevos parámetros. La moral del trabajo que durante la modernidad había sido patrimonio de las personas, se instaló a partir de entonces en los objetos, ya que éstos debieron asumir la misión de atrapar las voluntades cambiantes de las personas.
Los sujetos por su parte hedonistas y comprometidos con el consumo, pueden adoptar en cambio la moral del ocio. Así por ejemplo los automóviles y los vestidos que durante la modernidad podían ser lujosos o con detalles superfluos desde el punto de vista estético, comienzan a estar obligados a mostrar funcionalidad y la posibilidad de trabajar por sus dueños. Así por ejemplo se multiplican en las ciudades, las camionetas para tracción en todo terreno, los conjuntos “safari” que hacen soñar con la selva y las botas para escalar montañas, entre muchísimos más ejemplos. Los objetos, al adoptar la moral del trabajo que durante la modernidad había sido privativa de los sujetos, están obligados a trabajar para sus dueños otorgándoles la posibilidad de vivir vidas cambiantes y aventureras para poder ser consumidos.
Desaparece entonces toda una estética que responde a la copia de modelos aristocráticos que se basaban en la promoción social, por lo tanto la función primordial de marcar el lugar que se ocupa en la sociedad, pasa a ser secundaria para el objeto vestimentario. Durante la etapa posmoderna, la prestación social más importante que surge de la relación sujeto – objeto es la colaboración que los objetos, incluído el vestido, le brindan al hombre para adaptarse a la vida en la sociedad. Esta adaptación a la vida social incluía la posibilidad de construir escenarios cambiantes para identidades cambiantes.
Es entonces cuando comienza una etapa de consumos ostentosos que necesitan de íconos que representan los logotipos de marcas que son emblema de clase. Aunque las marcas se van a convertir en el nuevo parámetro aristocrático, lo importante ya no va a ser tener sino parecer. Es por eso que se generaliza el tema de las falsificaciones de estas marcas emblemáticas, ya que lo importante es “tener para parecer” y por lo tanto no interesa la autenticidad del objeto, porque su función no es transformadora como la del modelo único, simplemente su función es mostrar un estilo de vida.

Si bien durante modernidad el modelo social estaba polarizado entre la burguesía industrial y comercial que podía acceder a la alta costura y aquellos que sólo podían acceder a la confección seriada, y en la etapa post el modelo se abre para contener formas de vestir como el pret a porter y la difusión para conformar a los estratos medios, resulta útil señalar que si durante la modernidad la prestación social del objeto enfatizaba más el tener que el ser, en la etapa post lo importante es “parecer”.

Relación sujeto-objeto en la cibernética

A partir de mediados de la década del 90´ con la acentuación de las comunicaciones que utilizan el soporte informático, se está comenzando a vivir una etapa de transición con el deslizamiento de la sociedad industrial hacia una sociedad de la información y cibernética, basada en la tecnología digital.
Llegados al límite de la vigencia de la sociedad industrial, el ritual de representaciones sociales colectivas se desvanece por innecesario. El paulatino proceso de individualización permite en cambio ungir los personalismos digitados por auténticos hombres y mujeres, que buscan satisfacer más sus necesidades específicas, que los deseos colectivos. Actualmente en la civilización occidental, la descentralización que están comenzando a producir las crecientes necesidades reales de estas individualidades, que cada vez descreen más de los mandatos unificados y dictatoriales, impulsan un nuevo cambio en la relación sujeto – objeto.
Tal vez el hombre acaba de descubrir lo que Baudrillard ya había señalado en plena sociedad de masas: “El objeto no es nada. No es nada más que los diferentes tipos de relaciones y de significaciones que vienen a converger, a contradecirse, a anudarse sobre él en tanto que tal. No es nada más que la lógica oculta que ordena ese haz de relaciones al mismo tiempo que el discurso real que lo oculta” (Baudrillard. 1974).
¿Cuál es el nuevo discurso real y la lógica oculta que anima la relación sujeto – objeto, en el contexto cibernético y globalizado que tiene como característica dominante la interacción entre ambos?
Se sabe también que cada agrupamiento sociocultural representa en sus formas vestimentarias, tanto en la etapa previa como posterior a la aparición de la moda, un contexto de espacialidad – temporalidad compartida. La manera de percibir el espacio - tiempo que es uno de los núcleos esenciales de la moda, es lo que les permite a los sujetos situarse en el sistema social. Este nuevo “estar en el mundo”de las personas incluye una nueva relación con una nueva raza de objetos: los interactivos. En el caso del vestido, la analogía con estos objetos interactivos lo asume, entre muchos otros ejemplos, aquel que cumple funciones de señalamiento de condiciones físicas o climáticas por tener sensores incorporados en sus fibras y excede la propia condición de objeto que tenían las generaciones anteriores.
Es así que al tradicional esquema de clasificación entre objeto con prestación práctico- funcional - y objeto – signo, actualmente se contempla la aparición de esta nueva categoría objetual: el objeto interactivo. Tal es el caso, entre muchísimos otros creados por la tecnología japonesa, del textil interactivo desarrollado en Inglaterra en el año 1990 con material ultra by universal Carbon Fibres, que reacciona a la proximidad y al contacto humano con diferentes sonidos para cada persona.
Para Ezio Manzini (1990): “De ahí la necesidad de tener en cuenta otra posible naturaleza del objeto, la del objeto – interactor, es decir el objeto que se relaciona con la persona que lo usa entrando en la dimensión del lenguaje, en forma coloquial. Deja de entrar, pues, exclusivamente como objeto – signo, soporte estático de posibles significados, haciéndolo ahora como elemento activo. Como interlocutor con el que el usuario debe relacionarse, entendiendo su lógica y tanteando sus respuestas. Todo esto se basa en la nueva escala temporal sobre la que actúa el sistema, en una dimensión temporal que ya no es aquella que habíamos aprendido a conocer mediante los mecanismos tradicionales, sino que se acerca, y en algunos casos supera, a la propia dimensión de los organismos biológicos”.
Los materiales inteligentes: fibras , hilados y tejidos que manipulados en su estructura molecular permiten armar prendas funcionales, son los llamados nuevos materiales y forman parte de la totalidad del diseño. Un material inteligente tiene la capacidad de tomar las informaciones del medio externo, para responder de manera eficiente y desarrollar las funciones para las cuales fue creado. Los profesores Danilo De Rossi y Elisa Stussi de la Universidad italiana de Pisa, enseñan que el modelo de inspiración para el diseño y los nuevos materiales, se encuentra en la naturaleza y en los sistemas vivientes, que son el resultado de un proceso de optimización de milenios. Ambos rescatan de los sistemas vivientes criterios de funcionalidad, economía, autoreparación, eficacia y precisión y señalan que los sistemas estructurales biológicos, como el cuerpo humano o un escarabajo, son procesos integrados sin distinción entre materiales y estructuras. (Revista Experimenta. N° 5).
Estas prendas que están comenzando a permitir de manera eficiente conectarse con el exterior a partir de sus materiales, se transformarán en el nexo idóneo entre el cuerpo y el entorno, al permitir la fusión entre la identidad de las personas y la naturaleza. Si los materiales interactivos dan forma a vestidos interactivos es porque usualmente la forma elegida coincide con las motivaciones que se tengan para vestir al cuerpo real. En este sentido aliviarán al cuerpo y especialmente a la piel que lo recubre, de numerosas prestaciones que siempre habían cumplido. Es por eso que el vestido en su nueva función de adaptador rápido de prestaciones, tomará a su cargo las funciones de intercambio con el medio, que antes se le exigía a la piel como envoltorio del cuerpo. El tema de la confortabilidad térmica lo comenzó a encarar, entre otras, la firma japonesa Toray Industries Inc. con el desarrollo de la fibra Dermizac que se comercializa desde 1995-96.
La funcionalidad en el textil se acentúa de tanto en la actualidad, que la manera de definir un material, es indicar las prestaciones que puede dar. Por esa razón la importancia en la relación sujeto – objeto ya no recae en tener la posesión del objeto, sino en saber como ese objeto funciona para interactuar con él.
Si en la etapa moderna el hombre debía trabajar y el objeto ser ocioso y en la posmoderna era el objeto el que trabajaba para un hombre ocioso, en la sociedad cibernética la multiplicación de las tecnologías le otorgan al objeto interactivo, una cualidad que lo acerca al sujeto y por lo tanto a una verdadera alianza productiva que puede llegar a redefinir la relación entre ambos, como nunca antes había ocurrido en la historia.

Bibliografía

Baudrillard, Jean: Crítica de la Economía Política del Signo. Siglo XXI Editores. Madrid. 1974 pág 3, 53

Ponty, Merleau: L´Oeil et l ´esprit. Editorial Gallimard. Paris. 1962. Cap II

Lipovetsky, Gilles: El Imperio de lo efímero. Editorial Anagrama. Barcelona. 1990. Cap 2.

Rivière, Margarita: La moda ¿comunicación o incomunicación? Gustavo Gilli Editores. Barcelona. 1977. Pág 2.

Manzini, Ezio: Artefactos. Celeste ediciones. Experimenta ediciones de diseño. Madrid. 1990.

Revista Experimenta n ° 5. Editada por Experimenta Ediciones de diseño. Madrid.